martes, 21 de agosto de 2012

"La comunidad es un taller que a veces no sabemos aprovechar"


Aldo Umazano no deja nunca de mover sus manos. Como si manejara una marioneta, gesticula a lo loco. Y se apasiona cuando habla de los títeres, del teatro y de “ese taller de la política que es la comunidad”.

A los 70 años, Umazano sigue escribiendo, moviéndose, soñando con títeres, transmitiendo ideas, comunicando de manera sanguínea, como le gusta decir. “Los títeres le gustan a los chicos y a la gente inteligente”, repite.

Así habló, largo, tendido y sereno, durante una entrevista en el programa “Salieris”, (FM Sonar 91.3, martes de 22 a 0 horas).

Titiritero de siempre, dramaturgo, actor, también fue concejal por 4 años. Dice que la política es una "tomografía computada del alma". Y advierte, además: “A veces no está el humor suficientemente presente en la gente, hay algo que se está perdiendo…”

–¿De dónde venís y adónde vas? –preguntan siempre en “Salieris” y Aldo Umanazo responde.
–Yo vengo de allá y voy para el otro lado. A veces no sé bien dónde voy, pero busco. Buscar en la niebla es como el nadador que pierde la costa y nada, y nada, hasta que llega a la costa. Yo todavía estoy luchando por llegar a la costa.

Nacido, criado, soñado

Nacido en Santa Rosa, Umazano se fue “cuando era muy jovencito, dejé el tercer año de la Escuela Industrial e hice teatro en Montevideo, por todo el país, estudié Teatro en Buenos Aires y fui atrevido en todo, no sólo hice teatro y lo estudié, sino que escribí, traté de aprender títeres, y todo aquello que hace que uno pueda tener una comunicación sanguínea con el espectador. Lo sigo haciendo y sigo escribiendo”.

Después de esa etapa, “volví, tenía un proyecto medio universal, irme a Europa, vine a estar unos días con mi familia y aparece la propuesta del director de Cultura de entonces para que me quede a hacer una asistencia de teatro… esa charla llegó a los oídos de mi mamá, me dijo que probara un tiempo, como toda madre no quería que me fuera… y bueno… tenía 20 años, fue un año antes del servicio militar”.

“En Europa –aclara– tenía comunicaciones de algunos amigos que estaban allá, pero era un poco tirarse a la pileta. En esa época era muy fuerte, nadie viajaba como la gente viaja hoy que se va a estudiar un tiempo y vuelve. Era muy difícil, de todas maneras la juventud, la inconsciencia de lo que me podía pasar, no la ponía adelante, no evaluaba, quería ir. Pero me quedé. Y después me casé, y pasé a ser el primer asistente técnico de teatro en la provincia”.
–¿Te arrepentís de no haber hecho esa experiencia en Europa?
–En algún momento, ustedes que saben por más que hagan humor a veces tratando de decir que ignoran cosas, yo cuando leía libros de escritores que escribían que París era una fiesta, te dan ganas de irte solo. En ese momento sí. Pero después todo pasa.

Docente de alma

–¿Te sentís mejor como actor, escritor, director o docente?
–Pienso que heredé de mi padre, que era un viejo socialista docente, un poco las ganas de enseñar permanentes. Pero no tiene que ver con una clase o algo así, sino que yo estoy charlando y de pronto me doy cuenta que trato de enseñar algo al más joven o con el que dialogo. Me gusta un poco la docencia, no tengo formación en las escuelas ni nada por el estilo, pero me siento muy bien cuando hago títeres, y más que nada marionetas; me sentía muy bien haciendo teatro como actor.
–¿Por qué dejaste de hacer actuación de teatro?
–A veces la vida te pone mojones que no son los querés. En algún momento tenía que subsistir con el teatro y me era imposible. Entonces me hice titiritero y solista. Y eso me permitió subsistir durante muchos años, en la época del proceso, haciendo títeres. Fui uno de los primeros animadores que iba con sus títeres a los cumpleaños a domicilio, en el 78 o 79.
­–¿Llegaste al títere por una necesidad económica básicamente?
-No, no. Pero tenía una formación que tenía que ver con las tablas, es lo que me había hecho subsistir inclusive, en los pueblos del Uruguay y recorriendo el país. Más que manejar un martillo, manejaba estas herramientas. Cuando el teatro, como expresión de grupo, se puso difícil porque no cerraban los costos, subsistía haciendo títeres como solista.
–¿Y de verdad te gusta tanto eso de andar recorriendo pueblos, o parece y no te gusta tanto?
–Vos podés hacer una cosa un momento, presionar tus ganas, pero cuando lo hacés toda la vida hay algo adentro que tiene que ver con las ganas. En el ’74 hice la primera asistencia técnica de teatro, que no se conocía como actividad, ir a un pueblo a transmitir algún tipo de conocimiento y en el cruce Trenel-Arata, prendí a las 3 de la mañana un fuego para esperar un colectivo. Solo con el fuego.
–Eso hace acordar a esa cosa de Darío Víttori y las recorridas por pueblos y provincias. Hoy eso se perdió, ¿verdad?
–Se perdió, es muy difícil, el espectáculo ya entra por otro lado, por la vista. Antes se hacía un radioteatro donde la gente construía en su casa con la imaginación y terminaba en la puesta de ese radioteatro. Era con una tecnología que necesitaba gritar para que se escuche y además el que escuchaba estaba a 30 metros, tirando la teta de la vaca. Por eso se hacía a los gritos.

Títeres, marionetas, objetos

–¿Preferís los títeres, las marionetas o qué?
–El arte en sí es el arte de los títeres. Y dentro de los títeres hay distintas formas de expresarse, como es una expresión netamente técnica: la marioneta tiene hilos, está la que se pone la mano adentro y es títere de guantes, después se mezclan con las varillitas y son mixtos… después está el títere bocón, con dedo gordo abajo y 4 dedos arriba. Lo que pasa es que se avanzó mucho en el teatro de objetos. El objeto es una cosa muerta si está quieta, adquiere vida cuando uno lo mueve. Y entonces el aprendizaje es cómo mover ese objeto para que tenga vida. Y además lo puedo construir a ese objeto, mirá qué hermoso. Le puedo dar la forma que yo quiero, y otros hacen el mismo tema con un muñeco totalmente distinto para decir lo mismo. Es un teatro que va avanzando y va a avanzar mucho, porque se puede hacer desde una pobreza grande, con una media grande y detrás de una ventana podés decir cosas importantes.
–¿Te gusta más una función de títeres en el Teatro Español, en una kermés o un salón de una escuela?
–Me da lo mismo. Disfruto cuando el entorno tiene que ver con la vida y no con el hecho artístico. Hice teatro en una caballeriza, títeres en una pileta vacía, en una cancha de tenis… En los barrios del sur recuerdo haber hecho una función, antes de la construcción, entre médanos. Es muy lindo trabajar con lo que te ofrece la naturaleza, el entorno tocado por la comunidad y la acción, ese taller que tienen los políticos y que a veces no sabemos aprovechar, que es la comunidad.
–¿El origen de los títeres es callejero?
–Sí, claro, se van deshojando cosas y te quedás con poco: gente, una plaza, un objeto y la palabra. No había televisión ni nada. El César les sacó la palabra, cuando los títeres hablaban de lo que pasaba en el palacio. Cuando se cortó la palabra, siguió la pantomima. Lo que tiene el títere es que puede hacer lo que no puede hacer el actor de teatro. Sacarse la cabeza y seguir hablando, pelearse con su cabeza…
–¿Hacés funciones en estos días?
–Sí. Hago marionetas, porque el títere de guante es un poco incómodo para uno, para los músculos de los hombros. Soy solista, se abarata el costo, tengo todo lo necesario para una función, desde el sonido hasta el hecho estético. Con el que quiera, hablo, sea el Estado, docentes, o quien sea.

Políticas culturales y teatro

–¿Tenés una visión de las políticas de Estado culturales en la provincia o en la ciudad?
–Lo que pasa es que uno quisiera un montón de cosas que parten de las ganas, que rebalsan, de que los hechos aparezcan y a veces no es posible tampoco. Se habla de la descentralización, que tiene un problema: antes, hay que compartir la responsabilidad. Y esto es lo mismo, porque sino empiezo a pedir cosas que no se pueden dar. Yo quisiera que se hicieran títeres todos los domingos, que los chicos una vez al mes en cada escuela tuviesen títeres… Un premio Nóbel lo dijo: “los títeres les gustan a los chicos y a la gente inteligente”. La recreación y el divertimento transforman después a ese niño en una persona buena.
–Y a partir de ese ejemplo, ¿es tan difícil que los chicos tengan títeres en la escuela, es una cuestión de plata, de voluntad, de coordinación?
–Son hechos que se deben construir con el tiempo. Si no hay tiempo, no hay construcción. Si no hay capacitación, no hay gente. Los títeres cumplirían funciones importantes. Producen encantamiento y es un estado ideal para iniciar el aprendizaje.
–¿Hay una idea de construcción en las políticas culturales, hay un camino marcado?
–Hay un intento, lo que pasa es que uno quisiera más. Las cosas se hacen bien o mal de acuerdo a las posibilidades. Muchas veces uno le pide al otro que haga lo que uno no es capaz de hacer. Yo en eso soy prudente. Los que tuvimos posibilidades de estar en los dos lados nos damos cuenta del aprendizaje maravilloso en ese taller que es la comunidad y que hay que afrontar a través de la política. Es continuidad, porfiar, porfiar, porfiar… Antes de jubilarme, estaba trabajando en el CREAR y un día plantee la posibilidad de hacer títeres en las escuelas. Y en vez de fichar, hacía funciones mañana y tarde. Tenía ganas y no sólo me ayudó a mí: la gente se prendió. La cosa pasa por transformar.
–¿Vas al teatro, sos crítico, sos habitué?
–No soy buen espectador de teatro. Me cuesta ir. La vida tiene etapas, ciclos que se cumplen, incluso culturales y técnicos. Yo pertenezco a la vieja escuela de Stanislavsky en que el teatro se analiza con el cuerpo y la palabra es totalmente importante. Para mí hacer teatro es exponer una idea, que tiene que estar clara y ser simple, apoyada por la técnica; si la técnica no lo hace, si el protagonismo es de las luces, hay algo que se cae. Si el espectáculo no es el comportamiento del actor en función de una idea que quiere decir el autor, algo no funciona. Tengo la obligación de proponer algo, para que lo escuche y lo vea el público, porque lo que hago ahí arriba se lo saco a ellos. Tengo que devolverlo. A medida que van pasando los años, cuando a uno le gusta lo que hace, aunque lo haga mal, se dedica a eso.

Juventud, divino tesoro

Después, Umazano habla de política, y en especial de “lo que sufrimos, lo que nos ha pasado, la desvalorización de la política que trajo problemas fundamentales. Había un objetivo de que los jóvenes no entraran en política, porque son la única herramienta a mano para tratar de arreglar este lío. Eso como consecuencia ha traído fraccionamientos, pero hay algo importante que está sucediendo: la gente joven”.
–Vos sos claramente peronista… ¿tenés una visión de estas experiencias inmediatas y cercanas? ¿Te parece que en La Pampa y en la ciudad se dan esas cosas, está estimulado?
–Sí, sí, sí… yo veo chicos nuevos. Tal vez no son niños, pero sí gente joven, de unos 30 o 40 años. Es tan complejo y hermoso lo de la política… cuando aprendés, te tenés que ir, dejar paso a alguien, y es así. Sos concejal 4 años y cuando te sentís realmente preparado para eso, ya te tenés que ir. La política es fácil destruirla y muy difícil construirla: necesitás reglas, normas, formaciones interiores del ser humano. No debe haber algo más fuerte para sacarle el interior al ser humano, para mí es una tomografía computada del alma, que la política. Está por arriba de todo.
–¿No te parece que vivimos en una ciudad y una provincia en la que los dirigentes se jactan del supuesto mérito que significa “no hacer política”, y se presentan como gerenciadores o administradores de una empresa?
–Hay un montón de cosas, es tan abarcativo… Me parece que hasta tiene que ver la densidad de población. Por ahí en Santa Rosa tenemos cosas pueblerinas, y no es una crítica, es la ciudad que uno quiere… Es todo muy complejo, y más ahora.
–¿Te arrepentís de haber sido concejal, o es más lo que rescatás?
–Rescato muchísimo. El eco no es así, a lo mejor… pero la gente me saluda, puedo pasear. Sigo con la actitud de llegar a la casa.
–¿Qué clase de políticos te cruzaste más: los marionetas, los bocones o los de guante?
–Los de hilo. Los hilos tienen la sensación de que se arrima más al concepto popular: “Fulano mueve los hilos”.
–¿Y a Aldo Umazano cuándo se le ven los hilos, cuándo se siente expuesto, en qué momento?
–Los hilos míos tal vez se vayan deteniendo de a poquito, es el ciclo de la vida. En el interior todavía bailan y cantan y están permanentemente alegres. Yo sigo escribiendo y a veces suele ser torturante, muy fuerte. Pero a esta altura he aprendido en qué momento cortar para dormir.

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