sábado, 18 de agosto de 2012

Cuerpos que importan


Por Damián Repetto

Se cuenta que en 1916 Franz Kafka realizó una lectura pública en Berlín de su cuento En la colonia penitenciaria. Allí, muchos de los asistentes abandonaron la sala antes de que la lectura concluyera, horrorizados por la descripción de los suplicios y otros, incluso, llegaron a vomitar en la sala.

¿Qué narra ese cuento para despertar tal reacción? Es simple: en una isla anónima, un extranjero nombrado como el “explorador” es invitado por el nuevo comandante de la Colonia Penitenciaria del lugar para asistir a la última ejecución que será llevada adelante por un viejo oficial, pues las nuevas autoridades de la Colonia decretaron el fin de las penas capitales.

La pena se efectiviza por medio de una máquina cuya descripción no es del todo clara. Básicamente, se trata de un colchón al que, boca abajo, es atado el condenado; encima hay una placa llena de agujas que tatúan en el cuerpo la disposición legal quebrantada (en este caso, la leyenda “Honra a tus superiores” la recibirá un soldado que se durmió durante una guardia en la residencia de un superior). Durante las 12 horas que dura el suplicio, será alimentado con un potaje a base de arroz de fácil digestión para que no vomite ni se cague. Mientras tanto, unos dispositivos con trapos y algodones retiran la sangre de las heridas. Una vez terminado el suplicio, el cuerpo sin vida es arrojado a una tumba que, por lo general, el mismo sujeto cavó.

A partir de la inscripción en el cuerpo, el hombre confiesa su crimen y lo actualiza. No importa si lo cometió o no, pues la verdad no está en los acontecimientos sino en el poder de la institución que la proclama y en el cuerpo que la verifica. Entre paréntesis: no son escasas las noticias sobre personas que pasaron años encerrados, cuyas confesiones fueron arrancadas a fuerza de golpizas y picana limpia, submarinos secos y cualquier otra tecnología que las fuerzas represivas del Estado tengan a mano (el caso más reciente en Argentina es el salteño). Según Kafka, para la ley no importa la verdad, sino encontrar un culpable que satisfaga las ansias de la opinión pública.

Ahora bien, ¿qué implica específicamente el suplicio? Según explica Foucault, en su famosísimo Vigilar y castigar, es una producción diferenciada de sufrimientos, “un ritual organizado para la marcación de las víctimas y la manifestación del poder que castiga”. Así, el cuerpo expuesto, exhibido, es el soporte público del procedimiento: sobre el cuerpo marcado el acto de justicia debe ser legible por todos. La lentitud del castigo –recordemos: en el cuento dura 12 horas-, los gritos y sufrimientos desempeñan el papel de prueba definitiva. A través del suplicio y la representación del dolor, la ley se hace presente, visible, pública.

Pero la violencia no está sólo en la acción de la máquina sobre el cuerpo, sino también en el discurso: la precisión orgullosa con que el oficial describe los suplicios contrasta con el contenido sangriento. La aplicación de la pena llegó a una racionalidad total; la  mutilación del cuerpo y su maltrato pueden ser descriptos con la misma frialdad mecánica con que se explica el funcionamiento de la máquina. El sujeto, así, es despojado de toda humanidad: es cosificado, reducido a un mero cuerpo receptor de un castigo que no alcanza a comprender. El hombre es nada, un objeto apenas.

Pero hubo un cambio en el estatuto del dolor.

Hacia el siglo XVIII nace lo que Foucault llama disciplinas, fórmulas generales de dominación tendientes a la fabricación de cuerpos dóciles. Un cuerpo dócil es aquél que puede ser sometido, transformado y perfeccionado. Su acción no se limita a la institución penal, sino que es absorbida en todos los órdenes e instituciones de la vida social, en especial, escuelas, hospitales y fábricas.

Ahora, el sufrimiento físico no es ya un elemento constitutivo de la pena: no está centrada en el suplicio como técnica sino que su objeto es la pérdida de un bien o un derecho. Es decir: desaparece el cuerpo como blanco de la represión penal. O, para decirlo más correctamente, desaparece de la escena pública ya que los cuerpos de los condenados no han dejado nunca de ser blanco de golpes y maltratos por parte de las instituciones penales de todo el mundo.

Este cambio se verifica en el cuento: cuando el explorador se niega a defender el viejo sistema, el oficial, representante del antiguo régimen punitivo, libera al soldado y se ata a sí mismo en la máquina. El proceso se acelera, la máquina se destruye, decretando la muerte del hombre y el fin de una era.

No obstante, se impone preguntar si las torturas, maltratos, castigos corporales, apremios ilegales o cualquiera sea el eufemismo, con que quiera llamárseles, realmente desaparecieron de los sistemas penales que nos rigen. La respuesta, obvia, también se impone: no. O, más bien, antes, como hoy, más que lo establecido por la ley, lo que relativiza todo enunciado es la procedencia del sujeto. Un cuerpo pobre será pasible de recibir maltratos, seguro más sutiles y menos públicos que los narrados por Kafka, pero igualmente eficientes.

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